Las personas tenemos aficiones de lo más diverso. El abanico de opciones es tan amplio que abarca todas las personalidades y gustos existentes. Los hay artesanos de la madera, hay quien prefiere pintar cuadros, algunos coleccionan objetos de la más variada índole, y otros disfrutamos fotografiando e investigando sobre lugares abandonados. Se trata, en cualquier caso, de válvulas de escape de la monótona rutina en la que nos sumergimos de lunes a viernes (en el mejor de los casos). Huelga decir que, por norma general, nadie escoge sus aficiones: Son ellas las que entran en tu vida sin pedir permiso.

Las aficiones son algo que se suele disfrutar en la intimidad de casa o, como mucho, con el círculo de amigos más cercano. Será muy difícil saber que una persona es aficionada a algo mientras no mantengamos una conversación mínimamente duradera que nos permita alcanzar un atisbo de confianza. Sin embargo, hay aficiones que pasan al siguiente nivel, desnaturalizándose de su concepto inicial para convertirse en un estilo de vida en sí mismo. Se integran de tal modo en la cotidianeidad de quien las posee, que condicionan su vida hasta extremos que no somos capaces de imaginar.
Los aficionados al mundo del automóvil en general, y a los coches antiguos en particular, saben de sobra a qué me refiero. La pasión por los coches es algo que poco a poco va entrando en tu vida, modificándola hasta tal punto que ya no puedes vivir sin ella. Llega un momento en que el viaje se estudia pensando en el coche en que lo vas a realizar, la elección de la casa nueva se ve condicionada en ocasiones por las posibilidades de aparcamiento cubierto de los coches, y no hablemos del conveniente espacio de almacenaje para los recambios. Los coches que tienes pasan a formar parte de tí y se convierten en una extensión de tu personalidad. Nadie necesita preguntarte por tus aficiones: Tus compañeros te han visto llegar al trabajo en un coche de los años 70, y las miniaturas que tienes en tu mesa te delatan.


Candanchú (Huesca) - 2015

Todos los aficionados tenemos un punto de partida, y cada caso es único. Dejando a un lado a los que únicamente valoran las posibilidades de enriquecimiento que ofrece este sector, en la mayoría de los casos predomina el componente sentimental. El coche de papá, el del abuelo, el de la madre de aquel amigo que nos llevaba todos los días al colegio… En mi caso, recuerdo con todo lujo de detalles la primera vez que monté en un Renault 9. Estamos hablando de 1989 o 1990, yo tenía cinco años, y el yayo había cambiado el viejo SEAT 124 por aquel “R-9” de ocasión, que aún estaba en muy buenas condiciones. Parece que no han pasado treinta años desde aquel momento, ya que recuerdo con nitidez el asiento trasero del coche, la bandeja trasera en la que me apoyaba para mirar a los coches que venían detrás de nosotros, lo mucho que me divertían los elevalunas eléctricos… Siempre manifesté en casa mi deseo por conservar aquel coche, pero circunstancias que no vienen al caso motivaron que acabara en el desguace poco antes de yo cumplir la mayoría de edad. Creo que no hace falta decir lo mucho que me molestó aquella decisión, aunque he de confesar que fui muy bien recompensado con otro coche, un Chrysler 180. Pero esa es otra historia.

Tuvieron que pasar cuatro años hasta que apareció el protagonista de esta historia. Era, en todos los aspectos, lo más parecido al coche del yayo, al que siempre quise: Estaban fabricados en el mismo año, con escasas dos semanas de diferencia. Montaba el mismo tipo de motor, estaba pintado del mismo color y tenía el mismo tapizado. Montarme en él fue como retroceder a la infancia, y en mi cabeza se agolparon los recuerdos de mi niñez. Aquel coche se vino a casa. Igualada (Barcelona) - 2015

El Renault 9 siempre estuvo entre dos segmentos. Fue concebido para remplazar al Renault 14, aunque la llegada del Renault 11 lo puso en duda, ya que por concepto se asemejaba mucho más al modelo que se pretendía sustituir. El Renault 9 quedó por tanto entre dos aguas: Por un lado, recibiendo compradores del 14 que preferían una versión algo más clásica. Por otro lado, captando aquellos clientes del Renault 12 que veían en el 9 su sustituto natural, aunque este fuera realmente el Renault 18.

Estamos hablando de un Renault 9 TSE de 1984. Equipa el sempiterno motor Sierra que tanto ha estirado Renault, en este caso con 1.397 cc de cilindrada y encendido electrónico, que le proporcionan 72 cv y una velocidad máxima de 162 km/h. También incorpora de serie la caja de cambios con cinco velocidades, algo realmente novedoso en un coche de su segmento. Tan es así, que el capó del maletero lleva pegado un anagrama que indica tamaño derroche de ingeniería, y que se convirtió en una de las señas de identidad del modelo.  Embalse de Santolea (Teruel) - 2016

Estaba muy bien equipado y terminado. El tapizado era de velours. Los asientos eran basculantes y de tipo pétalo, con apoyo lateral para mayor sujeción en curvas. Estrenaban un sistema de anclaje monoguía, que era más estrecho de lo habitual y proporcionaba mayor espacio para los pies de los pasajeros. El cuadro de instrumentos tiene cuentarrevoluciones, relojes de temperatura del agua y del nivel de aceite, y testigos tanto del nivel de refrigerante como del nivel del líquido limpia parabrisas. También tenía un aviso de olvido de luces conectadas, faros halógenos y antiniebla, cierre centralizado, elevalunas eléctrico, aire acondicionado opcional…  A Coruña - 2015

El aspecto actual de mi coche dista mucho del que tenía cuando lo compré. No era algo que me preocupase, ya que el precio de compra fue muy bajo y contaba con margen para hacerle las mejoras necesarias, casi todas estéticas: Tenía despegado algún tapizado, la pintura estaba algo desgastada, los anagramas habían perdido brillo… Además, por encima de todo estaba el hecho de haber encontrado la unidad más parecida al coche del yayo, de modo que no iba a ponerle demasiadas pegas. Es un coche muy agradecido: Basta con prestarle algo de atención para obtener una herramienta muy dura para el día a día y que no nos dejará en la estacada. Tiene sus fallos endémicos, como cualquier otro coche, pero se trata de cosas muy sencillas y de solución económica.En algún lugar entre Teruel y Zaragoza - 2015

Por fin había hecho realidad el sueño que tantas veces tuve cuando era niño. Comencé a utilizar el coche de forma masiva: de lunes a viernes lo sometía a las exigentes condiciones del tráfico de Madrid, y los fines de semana me lo llevaba de excursión a los rincones más diversos del país, fundamentalmente a Valencia y Zaragoza. En la ciudad se desenvuelve con naturalidad: Su reducido tamaño (para lo que hoy se estila) y su ligereza hacen que sea ágil de respuesta en el caótico tráfico de la capital. En carretera, sin embargo, su personalidad cambia. Se transforma en un rutero incansable que aguanta viajes largos sin el menor síntoma de fatiga. Mantiene con facilidad cruceros de 120 km/h, y aún guarda cierta reserva de potencia para efectuar algún adelantamiento. No es un coche que destaque por sus prestaciones, pero estas son suficientes para viajar a buen ritmo.Renault 9: Dueño del asfalto - Álvaro Alonso - 2015

Siempre he utilizado todos mis coches de la misma manera, como si los acabara de sacar de concesionario, exigiéndoles en la carretera y castigándolos con la dureza del tráfico urbano. No hablo de maltratarlos mecánicamente, sino de someterlos a un uso intenso para el que quizá ya no estén tan preparados. Y esto tiene sus consecuencias. Nada es eterno, ni siquiera un Renault, a pesar de lo que digan los aficionados de la marca. Los años pesan, y como dijo un buen amigo: “No puedes pedirle a un futbolista anciano que juegue un partido de primera división: ahora solo está para pachangas de domingo con los amigos”. En junio de 2016 el motor comenzó a tener leves síntomas de fatiga. Estaba en Tarragona, asistiendo a una concentración de coches antiguos con mis amigos, y a continuación comenzaban mis diez días de vacaciones por el maestrazgo turolense. Debo decir que el coche no volvió a quejarse, y yo continué utilizándolo a diario, como si no hubiera sucedido nada. Sin embargo, en octubre del mismo año, la junta de la culata dijo basta. Parece que mi coche no quería asistir a la concentración del Club Renault 9 y 11 que, cosas de la vida, había convocado yo mismo en Tarazona (Zaragoza), y a la que finalmente llegué a bordo de un coche moderno.

No hay mal que por bien no venga: aproveché la coyuntura para pegar un repaso al motor, aunque el propio mecánico se sorprendió del buen estado de los cilindros, sin una sola imperfección. Y le costó reconocerlo, ya que dista mucho de tener el mínimo cariño a Renault. Con una junta de culata nueva y tras una exhaustiva puesta a punto, el Renault 9 y yo volvimos a la carretera con ganas de devorar kilómetros. Pero algo había cambiado en mí. Comprendí que debía rebajar la exigencia a mis coches, que la inmensa mayoría duplican su esperanza de vida, y no merecen que les trate como si fueran nuevos. Es probable que la junta de la culata se hubiera roto por causas naturales, ya que en ningún momento aumentó demasiado la temperatura del motor, pero creo que es positivo que esta experiencia sirviera para tener un poco más en consideración a los que me acompañan en todas mis aventuras.
Estación de La Nava (Zaragoza). Lugar de rodaje de algunas escenas de la película "Vaya par de gemelos" - 2014

Por Despoblados y Abandonados.